Malba - Fundación Costantini - Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires
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La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, EUA, 1968) d/ George Romero.

En el principio fue George Romero. Con un presupuesto exiguo, la ayuda de sus amigos y una inteligencia que él mismo suele desestimar, el realizador creó el film de horror más influyente de todos los tiempos. Hubo directores que se atrevieron a filmar imágenes de horror explícito antes que Romero, pero nadie había logrado hacer con ellas una obra de verdadero suspenso y eficacia narrativa.
La historia es clásica y fue imitada cientos de veces: varias personas coinciden en una casa abandonada, buscando refugiarse de una horda de zombies devoradores de carne humana. Aunque hay referencias vagas a la radiación contenida en un satélite caído a tierra de manera imprevista, nunca se sabe con certeza qué cosa ha reanimado a los muertos. Lo cierto es que el mal que los moviliza es contagioso y, aunque se los puede eliminar con facilidad, el verdadero problema es que están por todas partes.
Romero destruyó varios lugares comunes del género en el film. Por empezar, evitó la tentación de inventar un final tranquilizador, lo cual le permitió continuar su saga en dos secuelas propias (Dawn of the Dead en 1978 y Day of the Dead en 1985) que prolongaron su visión apocalíptica del mundo. Sin dar explicaciones políticamente correctas, Romero decidió tener a un protagonista negro en una época en la que el único negro bueno del cine norteamericano era Sidney Poitier. Pero lo más perturbador del film fue la idea de desplazar a los zombies a un amenazante plano secundario para concentrarse en el verdadero foco de tensión, que es la lucha por el poder entre los improvisados resistentes de la casa. A la media hora de acción, los zombies no importan tanto como las miserias humanas que emergen sin cesar ante la crisis.
La revisión contemporánea de La noche de los muertos vivientes confirma su vigencia y ratifica que la transparencia de los recursos expresivos del realizador estuvo muy por encima de todo efectismo. La sensación de inquietud y tensión está lograda a través de un montaje dinámico y preciso, con estallidos de violencia en el interior de la casa que contrastan con la relativa placidez de los muertos que pululan tambaleantes por el exterior. El estilo seco y casi documental que elige Romero incrementa la impresión de realismo y, por lo tanto, el efecto perturbador de esa intromisión sobrenatural en un universo tan evidentemente cotidiano.
Pero el film tampoco se agota en su impecable superficie. En las luchas internas por el poder, en la ausencia de respuesta clara por parte de las instituciones, en el evidente gusto por armarse y matar que demuestra una parte de la sociedad norteamericana, y, sobre todo, en el devastador final, resulta imposible no advertir que Romero está hablando de horrores y angustias mucho más concretos que sus muertos vivientes.

 Viernes 2 de julio de 2004 a las 23:55
 Viernes 9 de julio de 2004 a las 23:55
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 Jueves 20 de septiembre de 2007 a las 18:00