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malba.cine | Películas proyectadas

En relación con los padecimientos de personajes previos y posteriores de Raúl de la Torre, la crisis de la protagonista de Heroína es más profunda y sus decisiones al respecto, como sugiere el título, más audaces. Más que una adaptación o una versión libre de la novela “antipsicoanalítica” de Emilio Rodrigué, publicada en 1969, la película es un ajuste, una revisión de la misma. Hacia la misma fecha, Rodrigué y un amplio grupo de psicoanalistas se habían separado de las entidades tradicionales: nucleados bajo el nombre “Plataforma”, plantearon una “liberación social e individual” y procuraron, desde su área, un acercamiento a la militancia política. En la novela, Rodrigué define, con un estilo nítido que le es característico, los límites de la práctica psicoanalítica, se ríe de sus dogmas y de sus dogmáticos, y pisotea su tendencia a la solemnidad. La protagonista, que ha atravesado un conflicto neurótico grave, responde al análisis terapéutico pero luego lo trasciende y toma decisiones que modifican su vida. Esa capacidad de acción sacude las certezas ya tambaleantes de su analista, que termina planteándose en su propio análisis “nos hace falta algo”. Algo que en la novela no se define, porque “la vida también es así”.
El film, como la novela, tiene una estructura muy clara: un prólogo, un epílogo y dos partes separadas entre sí por un episodio traumático que queda en off y será reconstruido en la segunda, a partir de una interpretación de los hechos de la primera. En el prólogo, que es un anticipo elocuente del quiebre de la protagonista (Graciela Borges), De la Torre se toma diez minutos para situarla en su ciudad, en su departamento, en tensión con sus vínculos más inmediatos (una tía que molesta, alguien que no llama). El efecto poco feliz de una canción de Piero contrasta con la capacidad visual del realizador y su actriz para transmitir la evidente fragilidad de la protagonista, llamada Penny. Después se desarrolla la situación que desemboca en el derrumbe, luego de un congreso de psicología en el que Penny oficia de traductora y donde tiene un romance con un psicoanalista de Costa Rica (Lautaro Murúa). Luego del quiebre, el terapeuta de Penny (Eduardo Pavlovsky) expone su caso ante un grupo de colegas que deben entrevistarla, mientras ella espera en compañía de Susana (María Vaner). De la Torre utiliza una serie de sintéticos inserts para ilustrar los hechos a medida que se reconstruyen. Como en la novela, ficción y realidad se confunden cuando entre los psicoanalistas presentes se encuentra el propio Rodrigué, a quien se le pide una intervención. La terapia de Penny sigue después en sesiones de grupo (1) [superíndice], hasta el momento en que ella toma la decisión de partir a Costa Rica y rehacer su pérdida.
Este desarrollo que, con modificaciones menores (2) [superíndice], es idéntico al de la novela, aparece interrumpido por varias escenas, casi siempre desarrolladas en forma de plano-secuencia, que presentan la cotidianeidad de un obrero ferroviario (Pepe Soriano). El personaje proviene de la novela y, como se informa después en el film, ha tenido un vínculo con Penny, pero sus respectivas historias no han vuelto a relacionarse y están separadas por una evidente cuestión de clase. Al principio, la repentina irrupción de esas escenas de ambiente proletario sorprende y hasta impresiona como una arbitrariedad, pero pronto resulta funcional y seductor su contraste de forma, lenguaje y densidad con el resto del relato, así como la fuerte impresión documental que produce la naturalidad extrema de sus actuaciones. Como en sus films anteriores, De la Torre refuerza la verosimilitud de las situaciones clave apostando al sonido directo en lugar de recurrir al doblaje, que en el cine argentino de esos años era la opción más frecuente y económica.
Al final, los terapeutas se ven superados por todos los flancos: Penny, analizada, toma decisiones imprevistas para su analista que, sin embargo, quizá la lleven a cambiar su vida para mejor; lo mismo hace Soriano, que por extracción social y condición económica ni siquiera podría pensar en una terapia psicoanalítica. Tras exclamar “Cuando salieron los compañeros de Córdoba nosotros nos quedamos escuchando la radio”, Soriano sale a la calle y se sumerge con un grupo de obreros en la turbulencia política de 1972. Como dice el personaje de Pavlovsky, resignificando la frase final de la novela, “la vida también es así”.

Fernando Martín Peña

Notas
(1) Aquí continúa el cruce de realidad y ficción cuando uno de los pacientes le dice a Penny: “¡Qué parecida a Graciela Borges que sos!”.
(2) En la novela, el amante de Penny no es costarricense sino japonés. Y aunque Rodrigué también aparece, sobre todo al final, su lugar clave en la sesión de psicoanalistas lo ocupa otro personaje real, la doctora Marta Langer.

 Jueves 12 de febrero de 2004 a las 20:30
 Sábado 21 de febrero de 2004 a las 14:00