Malba - Fundación Costantini - Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires
Icono FACEBOOK Icono Twitter Icono Pinterest Icono YouTube Icono RSS Icono RSS Icono RSS Icono RSS
Icono Malba en vivo
Bookmark and Share
 
malba.cine | Programación pasada


El hombre robado (Argentina – 2007) de Matías Piñeiro

sinopsis
Fantasía sentimental en la que el amor se mezcla con el trabajo, el trabajo con la lectura, la lectura con la escritura y la escritura con el amor; y todas juntas y separadas, de a ratos y todo el tiempo, a su manera, con el robo: Engaño, hurto, fraude y plagio.
El libro Campaña en el Ejército Grande de Domingo Faustino Sarmiento es la armadura de clave para este relato que se organiza alrededor de Mercedes Montt, joven argentina que trabaja de guía en el Museo de Arte Español Enrique Larreta, pero que ocupa sus ratos libres en la lectura apasionada de este texto sarmientino que aplica desprejuciadamente a la vida sentimental y laboral de aquellos que la rodean: su pareja, Leandro Lopéz Jordán; su amiga, Leticia Lamadrid; el novio de su amiga, Andrés Rademil y la sospechada amiga del novio de la amiga, Clara Virasoro.
De esta manera, los complots son posibles; los sistemas casi perfectos y los enredos, entonces, probables. El entusiasmo, brillante como nunca, ciega a aquél que se anime a mirarlo de frente. Mercedes Montt con gusto levanta su rostro al cielo y mezcla las lecturas con su vida, los amores ajenos con los propios y lo que está bien con lo que está mal, de tal modo que quizás, y sólo quizás, el arbitrio de dioses perdidos pueda traer sosiego a los andares agitados de estos destinos sentimentales.


Sobre “El hombre robado”
Hagamos un ejercicio de imaginación: De alguna manera, aunque más no sea por unas horas, tenemos la oportunidad de conversar con uno de aquellos viajeros (generalmente ingleses o franceses) que aparecían cada tanto por Buenos Aires a lo largo de todo el siglo XIX, y que después de vivir allí una vida social intensísima durante meses o años y de desentrañar la vida política y cultural de la ciudad (o de creer desentrañarla, o de resignarse a no desentrañarla nunca, así de complejos y huidizos éramos), volvían a sus países de origen, retomaban sus costumbres civilizadas y, antes de morir, dejaban publicadas sus opiniones en forma de diario o de relato de viajes. Imaginemos que tenemos a ese viajero frente a nosotros; que ese viajero está en nuestra Buenos Aires; que puede ver nuestra Buenos Aires. ¿Qué diría? (No pensemos en un Cándido sorprendido por luces y ruidos, por rascacielos y automóviles. Pensemos en un viajero más cosmopolita, más sensato. Alguien que da por sentados esos cambios accesorios y se concentra en las cuestiones esenciales ) ¿Qué diría? ¿Qué vería? “¿Cambios? No veo demasiados” nos diría el viajero “ Veo que han mezclado ustedes a sus vascos con gente de otras regiones. Hay muchos italianos, judíos y chinos. Eso siempre es saludable. ¡Ay de las ciudades cerradas como castillos medievales! Más allá de eso, no veo grandes novedades. Siguen, como todo español en el exilio, añorando un pasado idílico al cual algún día han de volver. Siguen debatiéndose entre Europa y América, como si ambas no les fueran fatalmente ajenas. La honestidad y el orden siguen sin ser su fuerte; la inteligencia, sí. Siguen siendo, para los demás, gente incómoda. No se preocupen. Siguen siendo los mismos.”
Sutilmente, el film “El hombre robado” ensaya este mismo experimento, propone un diálogo idéntico entre ambas ciudades. No pretende ser nuestro extravagante viajero cósmico, sino su callado y elegante interlocutor. Hemos visto, seguimos viendo, cientos de films sobre Buenos Aires: hemos obtenido Buenos Aires previsibles o Buenos Aires imposibles, hemos tenido visiones lúcidas pero particularísimas, hemos tenido visiones canallescas, hemos visto a tangueros y a piqueteros, hemos visto “Invasión” y hemos visto a Filippelli. Pero nadie, hasta ahora, nos había revelado que Buenos Aires también seguía siendo la Buenos Aires histórica, que la Buenos Aires apasionada del Siglo XIX estaba allí latente y desafiante, y que eran suficientes una cámara, unos jardines y un grupo de actrices para revelarla y devolvérnosla. Es un film que transcurre en museos, pero es el menos museístico de los films. Como su noble protagonista, asalta las vitrinas de la historia, se adueña de los objetos, los manipula, comercia con ellos, juega con ellos. Es lo opuesto de un visitante grave e indiferente que examina las cosas en exposición, es un voleur sensible y apasionado, un romántico. Como todo gran film absolutamente moderno, “El hombre robado” se vale de procedimientos nuevos para repensar y reinventar lo clásico; se vale del presente para iluminar la historia (Se vale de la historia para iluminar el presente, dirían otros). No es un film de añoranza, una celebración del anacronismo. Es un film en el que un presente vital y orgulloso reclama al pasado como parte de sí mismo. Alguna vez hubo en esta ciudad un dictador que se llamó Rosas, y hubo degüellos y humillaciones y silencio. Y hubo hombres que murieron por combatirlo, y hubo ejércitos y batallas para hacerle frente, y hubo, finalmente, un hombre de genio que se le impuso y que soñó un país en el que el otro fuera imposible. “Pues bien”, parece decir el film ”Esas cosas aún siguen siendo, esas cosas aún están vivas. Esas cosas también son mías”. “El hombre robado” es cualquier cosa menos un film histórico. Es un film en el que la historia es percibida como un espacio, como un paisaje.
“El hombre robado” habita en un universo singularísimo. Es un film en el que los nombres de Sarmiento y de Rosas son tratados en pie de igualdad a los devaneos sentimentales de un grupo de heroínas jóvenes y veleidosas. “Campaña en el Ejército Grande”, de Sarmiento sirve de puntuación para una serie de escaramuzas amorosas. Los personajes llevan nombres de personajes históricos, como sucedía con los cineastas en los viejos films de Godard. Nada de esto, sin embargo, aparece en el film como arbitrario; nada de esto es un capricho. Contrariamente, milagrosamente, esas relaciones parecen haber estado allí siempre. Como si las mujeres hermosas y los personajes históricos hubieran sido creados para entenderse. “El hombre robado” es el menos especulativo de los films. Nada en él parece proceder de un cálculo o de la deliberada ejecución de una estrategia. Ninguno de sus procedimientos se ve empañado por la excesiva autoconciencia que aletarga tantos films modernos de nuestros tiempos. Sólo se descubre a sí mismo en su ejecución, en su alocado golpe de dados. Sin embargo, no hay en él azar alguno. Lo guía una certeza, que vuelve natural y evidente la extraña alianza que el film propone. ¿De dónde viene dicha certeza? Tal vez haya que buscarlo en el antepasado más profundo de “El hombre robado”, en su maestro más evidente y menos declamado: Renoir. “A menudo me dicen: ‘Sus personajes contemporáneos hablan como la gente del siglo XVIII. Sus personajes del Siglo XVIII actúan como si fueran contemporáneos. ¿Cómo hace usted para volverlos reales?’ Invariablemente respondo ‘ Mis personajes hablan y actúan como yo. Sospecho que vivo un poco en la actualidad y otro poco en el Siglo XVIII. Tengo una suerte de ‘doble residencia” en ambos mundos. Tal vez allí esté el secreto”. Tal vez allí esté el secreto, también, de “El hombre robado”. En una sensibilidad personal y única, que sintetiza ambos mundos, que conoce y ama por igual a ambos mundos.
“El hombre robado” viene a poner fin a una tradición. Hasta ahora, la vieja causa unitaria no conocía en la literatura más que la muerte y la derrota. Sus epopeyas eran invariablemente trágicas: El unitario de Echeverría era degollado en un obsceno festín de gritos y de barro. Belgrano, en “Amalia”, se desangraba enamorado y solitario en una quinta de Barracas. Dahlman, abandonado a su suerte, era apuñalado en el Sur. Los orgullosos Aquileanos de “Invasión” son liquidados uno tras otro, fatalmente, silenciosamente. Matías Piñeiro decide poner fin a esta vasta genealogía de mártires, y le opone, apenas, a una serie de chicas enamoradas que recorren a la carrera las calles de la ciudad. “He aquí la última generación de unitarios”, parece decirnos. Una generación bravía, orgullosa, triunfal.
Mariano Llinás
Navidad del 2007



Ficha técnica
Dirección y guión: Matías Piñeiro; Producción: Pablo Chernov; Co-Productor: Fundación Universidad del Cine, El Pampero Cine y Revólver Films; Fotografía y Cámara: Fernando Lockett; Montaje: Alejo Moguillansky; Arte: Marina Califano; Sonido: Hernán Hevia y Daniela Ale; Asistente de Dirección: Malena Solarz; Intérpretes: María Villar; Romina Paula; Julia Martínez Rubio; Francisco García Fauré; Daniel Gilman Calderón; Duración: 91 minutos

 Sábado 5 de enero de 2008 a las 20:00
 Domingo 6 de enero de 2008 a las 18:30
 Sábado 12 de enero de 2008 a las 20:00
 Sábado 19 de enero de 2008 a las 20:00
 Domingo 20 de enero de 2008 a las 18:30
 Sábado 26 de enero de 2008 a las 20:00
 Domingo 27 de enero de 2008 a las 18:30
 Sábado 2 de febrero de 2008 a las 20:00
 Domingo 3 de febrero de 2008 a las 18:30