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malba.cine | Películas proyectadas


Hombre mirando al sudeste
fotografiada por Ricardo De Angelis (ADF)

Hombre mirando al sudeste (1986) Dirección de Fotografía: Ricardo De Angelis (ADF) Guión y Dirección: Eliseo Subiela Dirección de Arte: Abel Facello Con Hugo Soto, Lorenzo Quinteros, Inés Vernengo 35 mm, color, Premio Cóndor de Plata 1987 a la Mejor Fotografía, Premio Kodak 1987 Mejor Tratamiento de la Imagen Copia gentileza INCAA – Eliseo Subiela Duración: 105 min


Ricardo De Angelis (ADF): Para mí esta obra es entrañable ya que con ella inicié mi camino como Director de Fotografía. Es ese tipo de historias que se pueden contar de una manera cotidiana, o que se pueden elevar a un mundo de “cuento literario”, llevándola a una determinada atmósfera. La película logró un espíritu muy particular, una especie de “metafísica-argentina”.
Luego de leer el guión (el cual me dejó una noche sin dormir), soñé con los ojos del personaje de Rantés [Hugo Soto], que tenían pupilas muy brillantes que se iban “velando” a medida que pasaba la historia, hacia su propia muerte, y que dentro de ese mundo no había sol, sólo debía haber resplandores. O sea, si entraba luz en algún interior, debía hacerlo por la ventana de manera indirecta, pero nunca mediante rayos directos. Obedecí este sueño y fue mi punto de partida para desarrollar la fotografía.
Hubo un hecho, una energía, que fue clave para mi: mientras iba a la primera reunión de producción en el [Hospital] Borda, se largó una tormenta de granizo, relámpagos y truenos. Pero yo ya estaba en camino y seguí. Al entrar al hospital, seguía diluviando. Bajé del auto y corrí hasta el gran hall de entrada: no encontré a nadie del equipo pero sí muchos internos, lo cual me dio miedo debido a las historias que evidentemente uno conserva desde la infancia con respecto a la locura. Uno de ellos vino directamente hacia mí y me pidió un cigarrillo. Mi primera reacción fue huir, pero seguía lloviendo. Miré para otro lado. Dio la vuelta a mi alrededor, se me paró de frente nuevamente y volvió a decir: “¿Me das un cigarrillo?”. Me di vuelta otra vez para salir caminando, se volvió a parar delante de mí, me miro fijamente a los ojos, sonrió, levantó las manos y comenzó a aplaudir muy fuerte, bien cerca de mi cara. Se detuvo, aproximó su rostro al mío y dijo: “Cuando llueve, me convierto en argentino”. Me exorcizó, me llegó hasta el fondo del corazón. Fue extremo: me moría de miedo, pero también entré en un estado particular, que se me mantuvo durante toda la filmación. Me dio el salvoconducto entre la razón y la locura propio de esta película.
En este film, para mí lo más importante es la manera en que la estética (formada por la fotografía, el arte, el vestuario, la actuación...) está indisociablemente unida a la historia. Siento que, para esta historia, se logró una realidad y una vida propias, y creo que mi inclusión no desentonó. Porque la luz, a mi juicio, es un farol que entra más allá o más acá: pero las pequeñas sutilezas se construyen obedeciendo lo que uno siente.
Cuando Hugo Soto entraba vestido de Rantés, la ropa que tenía puesta era el resultado de largas charlas y discusiones con Abel Facello para encontrarle una justificación profunda: la decisión final induciría si el personaje era irreal, una proyección o un extraterrestre. En esos momentos todo se convierte en una inspiración constante, y la luz empieza a hacerse “necesaria” de determinada manera: uno comienza a “necesitar” más claridad o más penumbra, porque está atento a todo lo que está pasando. No es una idea previa. Es la historia y el “mundo” del guión que comienza a “mandar”, y uno debe obedecer. Entonces, al entrar el actor a la luz se convierte en Rantés, y lo que todos soñamos es verdad.


 Viernes 11 de mayo de 2007 a las 20:00