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La televisión y yo
Notas en una libreta

Un film de Andrés Di Tella

Un proyecto de film futuro, una investigación personal, un ensayo de forma libre sobre la televisión y la memoria. Un ida y vuelta entre la historia y la autobiografía: desde un primer recuerdo personal de la TV hasta los primeros recuerdos de la televisión en nuestro país.

Historias que se cruzan y dialogan sobre los sueños de la Argentina. La historia de Jaime Yankelevich, el emperador de la radio que trajo la TV al país, se cruza con la historia del abuelo del autor, Torcuato Di Tella, otro inmigrante que creó un imperio industrial, hoy desaparecido. Y ambas historias se cruzan con la de Eva Perón, que también soñó con la televisión.

(Argentina, 2002) Dirección, guión, montaje: Andrés Di Tella / Producción ejecutiva: Marcelo Céspedes, Carmen Guarini / Producción: CINE OJO, Andrés Di Tella / Fotografía y cámara: Esteban Sapir / Fotografía adicional: Goran Gester / Música: Axel Krygier / Sonido: Gaspar Scheuer / Edición: Alejandra Almirón / Asistente de dirección: José Luis Cancio / Jefe de producción: Hernán Musaluppi / Colaboración artística: Cecilia Szperling. 35 mm. 75’.

Producido con apoyo de las fundaciones Antorchas, Rockefeller y MacArthur.
Y gracias a una beca de la J.S. Guggenheim Memorial Foundation.

Andrés Di Tella dirigió Montoneros, una historia (1995), Prohibido (1997) y La televisión y yo (2002). También realizó la dirección artística del proyecto colectivo Historias de Argentina en Vivo (2001). Dirigió y produjo documentales televisivos para PBS (EUA) y Channel 4 (Inglaterra), entre otros. Fue el director fundador del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente. Actualmente, coordina el Taller de Proyectos Cinematográficos Latinoamericanos organizado por la Fundación Antorchas y dirige el Princeton Documentary Festival (EUA). Ha sido distinguido con la Beca Guggenheim
Lo personal es político

Tres rabinos que van en un taxi. El primero suspira y dice:
–Cuando pienso en Dios, me digo que realmente soy muy poca cosa.
El segundo rabino le dice al primero:
–Si tú eres muy poca cosa, entonces ¿qué soy yo? Yo no soy nada.
El tercer rabino le dice al segundo:
–Si tú no eres nada, entonces ¿qué soy yo? ¡Soy menos que nada! ¡Estoy por debajo de todo!
En ese momento, el taxista, que es negro, se da vuelta y les dice:
–Pero, si hablan de esa forma, si dicen que no son nada, que incluso son menos que nada, entonces, ¿qué soy yo? ¡No hay ni palabras para describirme! ¡Yo no existo!
Entonces los tres rabinos lo miran y dicen:
–Pero, ¿éste quién se ha creído?

La televisión y yo tiene la particularidad de ser un documental en primera persona, lo cual podría ser una contradicción. En el documental, partiendo de mis primeros recuerdos de la televisión, voy de la historia nacional a la historia familiar, ida y vuelta, de lo público a lo muy privado. Algún crítico me dijo que le parecía un poco “temerario” exponer de ese modo mi historia personal y familiar. Yo lo interpreté como una variante invertida del “¿éste quién se ha creído?” De cualquier manera, supongo que detrás de la censura a la expresión personal –tan argentina también–, detrás del miedo a hablar en nombre propio, hay una inquietud válida. ¿Por qué tiene que hablar en primera persona un documentalista?

Y es que, en una época en que todo discurso nos provoca un profundo escepticismo y difícilmente creamos en la objetividad de nadie, la experiencia personal se ha convertido en uno de los últimos refugios de la credibilidad. Hasta me atrevería a decir que hay algo de generosidad en el gesto de usarse a uno mismo como materia prima. Cruzar esa línea imaginaria que separa al documentalista del documentado es asumir un riesgo pero también permite revelar pliegos silenciados de nuestra experiencia. Dentro de nuestra cultura del miedo y la hipocresía, me parece que hablar en nombre propio y exponer la vida privada en público se convierte casi en un acto de rebeldía. Como postulaban hace tiempo las feministas: lo personal es político.

Hay que animarse, eso sí. Una fábula hindú cuenta la historia de un hombre de horrible fealdad que atravesó a pie el desierto. Vio algo que brillaba en la arena. Era un trozo de espejo. El hombre se agachó, agarró el espejo y lo miró. Nunca antes había visto un espejo.
–¡Qué horror! –exclamó–. ¡No me extraña que lo hayan tirado!
Tiró el espejo y siguió su camino.

Andrés Di Tella

La televisión según Di Tella

El tiempo verbal de los buenos documentales, como el de los buenos ensayos, es el condicional, un tiempo lábil atravesado por haces de otros tiempos que permite volver al pasado sin ocultar los devaneos del presente, corregir el rumbo a medida que se avanza y abrirse al encuentro de lo inesperado. Conjugado en primera persona, es el tiempo vacilante del pensamiento en marcha.
La televisión y yo de Andrés Di Tella puede servir de ejemplo. Alternando el plural y el singular, la recta inicial y el zigzag de los desvíos, el apunte documental va virando sutilmente al ensayo autobiográfico. Siete años de televisión perdidos durante la infancia disparan una investigación que va desviando el foco desde el nacimiento de la televisión argentina (el etéreo reinado de Jaime Yankelevich, la máquina publicitaria de Perón y Evita) hacia una historia más íntima pero no menos sugerente en el recuento de un proyecto de país que se perdió: el imperio industrial Di Tella, el espinoso ajuste de cuentas con la herencia familiar.
Si el documental se debate desde siempre entre los rigores de la pedagogía y la libertad de la invención, entre el deseo de verdad del testimonio y las licencias más caprichosas de la ficción, entre el documento público y el ensayo personal, Di Tella se deja llevar por las tensiones contradictorias del género y las domina con equilibrio perfecto; alterna la elocuencia muda del montaje y el relato autobiográfico, el hallazgo de archivo y la confesión inesperada, la trama de la historia pública y el diálogo familiar. “Lo que se perdió se perdió”, dice hacia el final de la película, pero el cine lo desmiente. La televisión y yo, fiel a la promesa del título, salda la deuda privada con la restitución estética de un capítulo de la historia colectiva.
Graciela Speranza

 Jueves 5 de agosto de 2004 a las 10:00
 Jueves 12 de agosto de 2004 a las 10:00
 Jueves 19 de agosto de 2004 a las 10:00
 Jueves 26 de agosto de 2004 a las 10:00
 Jueves 2 de septiembre de 2004 a las 10:00
 Jueves 9 de septiembre de 2004 a las 10:00
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