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malba.cine | Películas proyectadas

(Inglaterra, 1960) dirección: Michael Powell. Libreto: Leo Marks. Fotografía: Otto Heller. Música: Brian Easdale. Montaje: Noreen Ackland. Productores: Michael Powell y, sin figurar, Albert Fennell. 101'.
Elenco: Carl Boehm (Mark Lewis), Moira Shearer (Vivian), Anna Massey (Helen Stephens), Maxine Audley (Mrs. Stephens), Brenda Bruce (Dora), Miles Malleson (caballero anciano).

Peeping Tom
Por Diego Curubeto


"Peeping Tom no es una película sobre un asesino sádico. Es una película sobre un cameraman..."
Michael Powell

En muy contadas ocasiones la crítica dejó fuera de combate a un director genial. Uno de estos casos lamentables es el de Michael Powell y Peeping Tom. Con flema típicamente británica, Powell esbozó declaraciones como la de arriba y las amplió luego explicando que esta era su obra más sensible, tierna y romántica.
En 1958 Clouzot había logrado un gran éxito comercial con Las Diabólicas, dándole una nueva y moderna dimensión al cine de suspenso. Hitchcock profundizó ese tono con Psicosis, multiplicando el éxito de taquilla a pesar de las críticas negativas que lo perseguían desde tiempo atrás (logrando que hasta Vértigo fuese mal recibida). Sin el toque de prestigio francés de Las Diabolicas ni el nombre y la maquinaria publicitaria del mago del suspenso, Powell hizo prácticamente lo mismo que el protagonista de su maravilloso y maldito psychothriller.
Peeping Tom escandalizó a los críticos ingleses de su tiempo y éstos lo castigaron tanto en todos los medios importantes británicos que no sólo consiguieron anular totalmente las posibilidades comerciales del film, sino que también convirtieron a Powell (pese a haber realizado obras maestras como Las zapatillas rojas, Narciso negro y El ladrón de Bagdad) en un cineasta acabado, que apenas logró filmar un par de modestos títulos más antes de retirarse para siempre.
Para intentar salvar la inversión, la película se estrenó en los Estados Unidos recién dos años más tarde, con severos cortes por unos 20 minutos de metraje, en versiones que recibieron títulos alternativos como Face of Fear y Photographer of Panic. Estos dos títulos, y no el original, parecen ser los que influyeron los dos nombres conocidos en español, Tres Rostros para el Miedo, que fue el de su oscuro estreno en Argentina, y El Fotógrafo del Pánico, que fue el que tuvo en España.
Un buena forma de comprender la desesperación de los responsables de la distribuidora que se hizo cargo del film es comparar los distintos tonos de las frases publicitarias que acompañaron cada nuevo lanzamiento:

"El terror se mezcla con el arte en un juego mortal del gato y el ratón".

"¡Más horrible que el horror! ¡Más terrible que el terror!"

"¡No se atreva a revelar el final, si no quiere que lo acusen de provocar pesadillas!

En realidad Powell debería haber sospechado que algo andaba mal cuando Dirk Bogarde -la primera elección para el rol estelar- salió corriendo luego de echarle una ojeada al guión. Otra opción del director, el elegante Laurence Harvey, no estaba disponible, lo que Powell consideró una lástima, ya que, como dijo con enigmática certeza: "Harvey era el hombre con perfecto aspecto de foquista".
A pesar de esos precedentes ominosos, nada podía preparar a Powell para la reacción de la crítica. Derek Hill escribió en el Tribune que "lo único que se podría hacer con este producto es buscar la alcantarilla más próxima y arrojarlo para que desaparezca para siempre. Pese a ello, quedaría su hedor". Dos décadas más tarde, Powell explicó en la revista Films and Filming que lo que más lo sorprendió y mortificó fue el hecho de que no eran reseñas que se limitaran a hablar mal de la película, sino que en general sostenían que él mismo, por haberla hecho, debía ser una persona mórbida, enferma de la cabeza, que intentaba pudrirle el cerebro a otra gente utilizando el cine como vehículo para sus perversiones aberrantes. (Por suerte para lo que quedaba del prestigio de Powell, en su momento no se difundió que las tremendas escenas infantiles del protagonista con su padre fueron interpretadas por el propio director y por su hijo).
Pero el paso del tiempo hizo justicia, y con los años este implacable film de suspenso, pasiones deformes y voyeurismo terminal comenzó a ser considerado una obra maestra de vanguardia. La historia de un cineasta depravado y obsesivo, que filma a sus víctimas antes de matarlas y durante el acto mismo del asesinato, sigue siendo tan perturbadora como hace cuatro décadas. Debe decirse, incluso, que la descripción de los traumas infantiles responsables de las andanzas de este cameraman serial, es más convincente y está mejor elaborada que la de varios psychothrillers recientes. La espeluznante actuación de Carl Boehm, con sus estremecedores primeros planos en momentos clave, es capaz de provocar un terror más eficaz e inquietante que cualquier efecto especial del cine moderno.
Hace demasiado años que no se puede ver Peeping Tom en pantalla grande en la Argentina. De hecho, los fans locales del film la conocieron básicamente en las copias cortadas, dobladas al castellano y hasta en una versión para TV en blanco y negro que, por más impactante que pudiera resultar en el contexto de algún ciclo televisivo, no es exactamente lo mismo que verla entera, en copia nueva, en colores y en la pantalla grande de una sala de cine. Como un milagro de Halloween, ahora esto es posible. Perdérselo sería un crimen parecido al perpetrado por aquellos olvidados críticos ingleses.

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