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Ocho años después, de Raúl Perrone

Sinopsis
Hubo una película que marcó sus vidas: Graciadió. Ellos eran más jóvenes y el país era otro. Hubo una película que se filmo hace 8 años y desde entonces nunca más se vieron. Ahora se van a encontrar de vuelta, “en vivo y en directo”. Ellos: Violeta Naon y Gustavo Prone, son los actores de aquella película. A ellos les pasó la vida por encima y quizás aquella vieja película fue “lo más lindo que les paso en la vida”.
Ocho años después cuenta la historia de estos dos actores, dos personas: dos mundos. Momentos de confesiones, de revelaciones inesperadas, de momentos que se escaparon pero que continúan vivos. Tiempo para pensar la juventud, las oportunidades perdidas, aquello en lo que no reparamos hasta que lo perdimos. Las alegrías y los dramas. El amor y la muerte.


Reencuentro
Perrone permanece. Impenitente, imperturbable, impaciente, iridiscente, irascible, independiente. Perrone permanece instalado en su I mayúscula: Ituzaingó. Labios de churrasco fue en 1994. Fabián Vena, Violeta Naón y Gustavo Prone, sobre todo Gus Prone; los cielos del oeste, unos cielos que protegían, pero hasta ahí nomás, como quedaría demostrado en el cierre de “la trilogía de Ituzaingó”, en la amargura de 5 pal´ peso. En el medio, la película más diáfana del Perro, una de esas cuyos personajes empezaban en medio del drama cotidiano para elevarse, literalmente, hacia un cielo con nubes pero de un celeste de una vehemencia que solo puede provenir del deseo: Graciadió.
Después de atravesar muchos otros caminos, de hacer muchas otras películas –Perrone es incansable– el independiente del oeste (parece que tanto en el norte como en el sur el oeste es el territorio de los pioneros) volvió a Graciadió. Pero las vueltas de Perrone nunca son como uno se las espera. Como en el caso de los verdaderos autores, las películas del Perro se parecen más al Perro que al cine de Perrone (“sólo me gustan los films que se parecen a sus autores”, decía Godard). A diferencia de otros independientes, Perrone no copia sus fórmulas probadas. Va más allá, porque a pesar de casi no moverse de Ituzaingó, es un aventurero; es intrépido, porque no se cansa de buscar. Y es fiel a sí mismo, no a lo que otros esperan o no de él.
Volver –para un intrépido– no es guarecerse, no es ir a lo seguro. Es arriesgarse a encontrar algo distinto, algo nuevo en aquello a lo que no se regresaba hacía tiempo. Y Perrone volvió a Graciadió porque la que volvió fue Graciadió. La película, que salió de Ituzaingó en 1997, iba a exhibirse por primera vez en la tierra que le dio su denominación de origen. Y así fue que Perrone decidió volver a Violeta y a Gustavo, a los actores de las dos primeras entregas de la trilogía, un par de películas que agigantaron ese secreto del cine que hacía un “loco del oeste”, también dibujante. Volvió entonces el Perro a dos rostros, a unos rulos, a una mirada, a una manera de fumar y a una forma de correr que van a permenecer en la historia verdadera, sentida del cine nacional. Violeta Naón y Gustavo Prone no se veían desde Graciadió, y a Perrone se le ocurrió que en ese reencuentro había una película, y que iba a llamarse Ocho años después.
Pero el independiente de Ituzaingó sabía que esa película nacida en su deseo, de su deseo, no podía consistir simplemente en un souvenir para fans. Había que escaparle a lo previsible; lo inesperado y la magia debían aparecer. Si Violeta y Gustavo no se veían desde hacía varios años, la película seguramente estaba en eso, en la porción de verdad que pudiera surgir del reencuentro ante una cámara. ¿Y cómo hacer para conservar esa verdad? Si ese reencuentro se producía por fuera de la película, la repetición para el rodaje iba a ser siempre una reproducción de menor intensidad o, mejor dicho, de menor magia, de menor componente de verdad. Peligros similares acechaban en el riesgo de repetir tomas. Perrone, entonces, tomó recaudos. Planificó con extremo cuidado cada plano, cada recorrido de la steadycam, cada espacio para la conversación. Pero había algo más que cuidar. El tesoro de Ocho años después, su excepcional materia prima, consistía en el reencuentro de dos personas que se habían conocido, que tenían una historia de otra década, en un país distinto. En Graciadió, Violeta y Gustavo, sobre todo Gustavo, tenían una fuerte impronta de sus personas en sus personajes. “¿Cuánto guión y cuánta improvisación hubo en la película?” le pregunta un espectador a Violeta luego de la proyección de Graciadió en Ituzaingó, en el comienzo de Ocho años después. Ante la insistencia, ella termina respondiendo “cincuenta y cincuenta”. En ese comienzo, tal vez lo más “guionado” de la película, puede estar la clave para leer cuánto de todo lo que se dicen Gus y Violeta, en lo que vendrá de su encuentro, les pasó de verdad. En ese reconocerse luego de mucho tiempo de Gus y Violeta, ante la cámara reside lo que eleva (recordar el final de Graciadió) a Ocho años después, lo que la convierte en algo que va mucho más allá de una ocurrencia del Perro. Los destellos que se descubren en el pasado revisado por Violeta y Gus hacen reír y hieren, con una mezcla de amor y crueldad que se siente muy real. Se siente lo irrecuperable y la dudosa voluntad de hacer algo para remediar aunque sea un poco de lo que pueda quedar. Ocho años después permite descubrir los temores y temblores de Violeta y Gus, sus debilidades, sus golpes y sus reacciones intempestivas, sobre todo en el caso de ella; en él hay una mayor dulzura y a la vez un mayor quietismo, una mayor resignación. Progresivamente, Ocho años después comienza a desarmar emocionalmente al espectador, a medida que se percibe que estamos ante gente en el borde de quebrarse (o incluso más allá de esa frontera).
Cuando vemos que Violeta y Gustavo se reencuentran, en un aspecto estamos viendo una ficción: el momento en que Perrone los hizo reencontrarse. Pero asistimos a reacciones con fuerte componente de realidad, porque el momento que capta la cámara es el del reencuentro luego de ocho años, esos que vemos y escuchamos son los instantes del reencuentro. Ocho años después está construida con planos secuencia, es decir, hay pocos cortes, pero los hay. En cada uno de esos frenos en el rodaje, Violeta y Gus habían llegado a un determinado nivel de reencuentro. Pero durante el trabajo previo hasta que comenzara el siguiente plano podrían haber continuado con su conversación, y podrían haber consumido una parte de la verdad del reencuentro. Perrone pensó en eso, y cada vez que terminaba un plano, Violeta y Gustavo eran separados y cuidados cada uno por un asistente individual que hacía de contención y, en cierto modo, de carcelero. La película dependía de que su reencuentro no se consumiera fuera de cámara. Y el Perro fue inflexible, aun a costa de tensionar las cosas al límite, como hizo, en aras de plasmar su visión, en varios otros rodajes de sus varias otras películas. Sin embargo, Ocho años después es especial, hasta el punto en que el Perro estaba tan pendiente de los actores que hizo poca cámara y, por otra parte, sacrificó un plano secuencia en aras de proteger emocionalmente a sus personas-personajes. Fue en sacrificios como ese en los que el Perro se ganó la ética de su película. El respeto implicaba cortar, y cortó. Y la verdad implicaba no repetir toda la secuencia de la pizzería desde el principio, y no repitió (nada se repitió, 8 años después es una película única de tomas únicas).
Ituzaingó es el oeste, el territorio de Perrone. Y en la pizzería y el bar de Ocho años después Violeta y Gus se dan cuenta de algo. O tal vez seamos nosotros los que empezamos a ser un poco más lúcidos. Y así comenzamos a sentir que en apenas unos cuantos kilómetros cuadrados, en el gigantesco conglomerado urbano de la ciudad y sus alrededores, la Argentina se las ha ingeniado para poner tantas fronteras, para crear muchos pequeños países que no se diferencian por cuestiones geográficas ni por particularidades muy definidas. Sin embargo, estos territorios y sus sutiles improntas marcan en demasiadas ocasiones una especial y triste incomunicación entre los habitantes de las diferentes aldeas. Perrone se ha dedicado con amor a desentrañar el país del oeste. Y si uno ha vivido con un poco de intensidad aunque más no sea una de las estaciones del Sarmiento, reconocerá en el final de Ocho años después algunos de los planos-ladridos más hermosos, tristes y pudorosos del cine de Perrone. Esta es la voz del artista del cine argentino que vive en Ituzaingó, que vive y relata el territorio de Ituzaingó.

Javier Porta Fouz
(este texto es una adaptación de un artículo publicado en la revista La Mano número 11, de febrero de 2005)


Ficha técnica
Ocho años después (Argentina, 2005) dirección: Raúl Perrone. libreto: Raúl Perrone. fotografía y cámara: Clodo Luque. Música: Alejandro Seoane. Montaje: Luis Barros. Sonido directo: Pablo Demarco y Ricardo Sotosca. Postproducción sonido: Gaspar Scheuer. Producción: Maximiliano Hunglinger. Productor asociado: Hugo Castro Fau. Coordinación general: Lorna Santiago.
Elenco: Violeta Naón (Violeta), Gustavo Prone (Gus)