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malba.cine | Películas proyectadas


La invasión de los usurpadores de cuerpos, de Don Siegel.

La idea básica (vegetales llegados del espacio, capaces de duplicar durante el sueño a los seres humanos y reemplazarlos por dobles físicamente idénticos pero carentes de sentimientos y emociones) estaba ya en la novela original de Jack Finney, The Body Snatchers, publicada por primera vez a través de tres números de la revista norteamericana Collier’s, entre noviembre y diciembre de 1954.
No es difícil inscribir esa historia en un contexto más amplio, el de la ciencia ficción paranoica de fines de los años ´40 y comienzos de los ´50, que expresó los sobresaltos de la Segunda Guerra Mundial mediante la postulación de reiteradas invasiones extraterrestres. La novela de Finney expresaba, sin embargo, una variante bastante sutil (y por ello especialmente inquietante) de la invasión. No se trataba tan sólo de la conquista militar planteada por los marcianos de H. G. Wells, que George Pal y Byron Haskin llevaron al cine en 1953. Acá los extraterrestres se infiltraban de manera solapada, reemplazaban a los seres humanos por zombies sin personalidad, se preciaban de instaurar una sociedad igualitaria donde no había lugar para las diferencias individuales. Premonitoriamente, la sociedad colectivizada imaginada por Finney degeneraba de inmediato hacia el letargo y la apatía (...).
La metáfora anticomunista es, empero, sólo una de lecturas posibles de la novela de Finney, aunque sea la que primero salta a la vista, sobre todo si se tiene en cuenta la fecha de su publicación y especialmente la de su escritura, contemporánea a la ola de histeria provocada por el caso Rosenberg y las alegaciones de la prensa norteamericana acerca del “lavado de cerebro” de los infantes de marina capturados por los norcoreanos. Según Glen M. Jonson, en un artículo publicado en The Journal of Popular Culture, Finney amplía su catálogo de ansiedades norteamericanas al identificar la falsa humanidad de sus duplicados con el exagerado servilismo del negro de mediana edad que maneja un puesto de lustrado de zapatos y que se define a sí mismo como una “marioneta” casada, divorciada y desprovista de personalidad. Al margen de los extraterrestres mismos, América se estaría poblando de zombies. Ese elemento, por lo menos, introduce una cuota de ambigüedad que habría de acompañar igualmente las polémicas posteriores sobre la versión cinematográfica de Donald Siegel.
Desde su rodaje, La invasión de los usurpadores de cuerpos (estrenada en Argentina con el título Muertos vivientes) ha podido ser atacada y defendida, alternativamente, como un film maccarthysta o una denuncia en clave de los peligros del maccarthysmo. Casi nadie parece haber pensado en la posibilidad de que el film sea, simplemente, antitotalitario, lo que implica al mismo tiempo oponerse al senador McCarthy, como a Stalin y a sus amigos, quienes, en realidad (como sugería con agudeza El embajador del miedo –The Manchurian Candidate, John Frankenheimer, 1962) son apenas las dos caras de una misma moneda. Naturalmente, un espectador de derecha bien puede entender el film (y adherir a él) como una advertencia contra el colectivismo marxista. Pero el izquierdista (aunque antistalinista) Seymour Stern pudo, por su parte, escribir: “Los nativos cuyos cuerpos son secuestrados han cancelado su derecho a la libertad sexual basada únicamente en el mutuo consentimiento; han perdido su libertad sometiéndose a una autoridad conservadora. Si todas las ramas de la sovietización asoman aquí, también lo hacen todas las formas del fascismo: fascismo clerical, fascismo económico, fascismo político, fascismo sexual, fascismo social...”. Alguien ha dicho ya que los extremos se tocan.
Rodado en veintitrés agitados días, La invasión de los usurpadores de cuerpos conoció igualmente una sobresaltada postproducción. Tras varias insatisfactorias previews, se decidió añadir un prólogo y un epílogo que convirtieron todo el resto del film en un único flashback narrado por el protagonista (Kevin McCarthy) a un médico que lo escucha. Ese añadido cumple una doble función: por una parte, justificar la presencia de un relato en off; por otra, suavizar el pesimismo del final.
Encarado como un proyecto modesto (el costo de producción no superó los cuatrocientos mil dólares), La invasión de los usurpadores de cuerpos es uno de esos films que han hecho de la necesidad una virtud. Omite la parafernalia de efectos especiales de otros ejemplos del género y prefiere, en cambio, un ámbito cotidiano y, en apariencia, normal (el pueblo chico al que el protagonista regresa), para instalar su inquietud y su terror: la “extrañeza” surge de a poco, a través del cambio de comportamiento de varios personajes, del progresivo aislamiento del héroe y sus amigos, hasta el desesperado intento de fuga de los muy pocos que no han sido transformados por los invasores. El estilo de Siegel es ejemplarmente seco y eficaz, con esa funcionalidad y esa concentración en el asunto que han sido siempre la marca de fábrica de su realizador (...).


Guillermo Zapiola.


La invasión de los usurpadores de cuerpos (Invasión of the Body Snatchers, EUA, 1956) Dirección: Don Siegel. Argumento: novela de Jack Finney. Guión: Daniel Mainwaring y (sin figurar) Richard Collins y Sam Peckinpah. Música: Carmen Dragon. Montaje: Robert Eisen. Elenco: Kevin McCarthy (Dr. Miles Bennell), Dana Wynter (Becky Driscoll), Larry Gates (Dr. Dan Kauffman), King Donovan (Jack Belicec), Carolyn Jones (Teddy Belicec), Jean Willes (enfermera Withers), Tom Fadden (tío Lentz). 80’.

 Sábado 12 de febrero de 2005 a las 23:55
 Jueves 17 de febrero de 2005 a las 24:15
 Viernes 18 de febrero de 2005 a las 23:55
 Miércoles 17 de marzo de 2010 a las 19:00